Otoño. (Mom's head II).
Otoño, otoño, dónde estás??? qué pasó con el frío caluroso del otoño? qué pasó con los maravillosos abrigos y vestidos de lana? Qué pasó con las botas?
Sigo sosteniendo la teoría de que vives en un universo paralelo, porque no puedo creer que no te importe que aún siga haciendo calor.
Yo te miro, de hecho siento que cada vez me queda menos tiempo para hacerlo. Te miro ser y desarrollarte. Te miro chapotear en la tina y tratar de tomar el agua con una mano (también te miro cuando te vas para adelante a tratar de agarrar el tapón). Te miro cuando descubres cosas nuevas o te ríes con las visitas. Sabes? hace más o menos dos días descubriste tu sombra. Yo no me había dado cuenta en verdad, porque sólo estaba pendiente de llegar a la cocina. Pero tú estabas muerta de risa con las manitos estiradas hacia la pared, tratando de tomar la mancha negra que se movía igual que tú (y de echártela a la boca posteriormente).
Sabes? creo que nunca terminaré de sorprenderme de lo mucho que te llaman la atención las cosas más sencillas, más obvias... pero qué digo! para tí son todas novedades!!
Y yo? yo sigo aquí, junto a tí, cada vez más quieta en mis tribulaciones. Los problemas comienzan a hacerse tolerables y cuando les quitas el glaceado emocional te das cuenta de que son meras estupideces (y de que, por ende, la gente es idiota). Cuando me abrazas me siento como si fuera otra persona, cuando gruñes para jugar conmigo, cuando QUIERES estar conmigo, en desmedro de todos los demás (quienes sean), me hacen pensar en nuestra complicidad única y maravillosa, en ese vínculo que únicamente se fortalece.
Hace unos días (no muchos ni demasiado pocos... los suficientes como para macerarlos y contártelos) me descubrí a mí misma en medio del inacabable universo de los rumores (los malintencionados, no los "que linda te ves!"). Y quedé sorprendida por muchas muchas cosas (y extrañamente motivada).
La gracia de los rumores es que te pintan como un animal mitológico de extraordinarias características, capaz de las mayores atrocidades. Lo sabrás a su debido tiempo, tal vez hasta de mi propia boca. Al principio me llené de rabia y también de asombro, luego quise tenerlos a todos delante de mí y aclarar uno a uno los puntos de los que se me acusaba, pero luego pensé en el tenor y la calidad de las acusaciones, porque me sentí también muy sola y desilucionada (cuando dices "si piensas eso de mí es que realmente eres idiota"). Y me dí cuenta de que todas y cada una de esas historias eran un escape para la incompetencia de quien las emite. De repente y había olvidado lo fácil que es ser blanco de comentarios y lo poco fiables que son las personas (ya sea para bien o para mal, no olvides nunca que un buen gesto puede dejar la misma cagada que un plan largamente tramado). Y decidí que estaba bien. Decidí que todo eso sea cierto. Por primera vez en mucho tiempo (o tal vez en toda mi vida), decidí que no me importa. Recordé las palabras de la Marcela y me hice el propósito de entender, junté las piezas y ahí estaba: radiante esa sensación de miseria culposa, la frase repetida una y otra vez que, de ser cierta, no necesitaría ser sacada de la boca. Y vi lo estúpido que era todo eso. Y lo necesario que es a la vez.
Luego, dándole una vuelta un poco más entruncada, decidí que yo también estaba viendo las cosas de la manera que me acomodara más (o sea, dejándolos a todos semidesnudos de escudos y con esa naturaleza mongoloide totalmente expuesta), así que por eso, si alguien no asumía alguna cosa, por muy falsa que fuera, los niños seguirían siendo niños, las frases de autoconvencimiento seguirían embriagando la moral maltratada y la falta total de lealtad (digo, la que está despojada de un beneficio, por muy tonto que sea). Y apareció todo tan claro que hasta creo que me asusté.
Y prendí la tele.
Sigo sosteniendo la teoría de que vives en un universo paralelo, porque no puedo creer que no te importe que aún siga haciendo calor.
Yo te miro, de hecho siento que cada vez me queda menos tiempo para hacerlo. Te miro ser y desarrollarte. Te miro chapotear en la tina y tratar de tomar el agua con una mano (también te miro cuando te vas para adelante a tratar de agarrar el tapón). Te miro cuando descubres cosas nuevas o te ríes con las visitas. Sabes? hace más o menos dos días descubriste tu sombra. Yo no me había dado cuenta en verdad, porque sólo estaba pendiente de llegar a la cocina. Pero tú estabas muerta de risa con las manitos estiradas hacia la pared, tratando de tomar la mancha negra que se movía igual que tú (y de echártela a la boca posteriormente).
Sabes? creo que nunca terminaré de sorprenderme de lo mucho que te llaman la atención las cosas más sencillas, más obvias... pero qué digo! para tí son todas novedades!!
Y yo? yo sigo aquí, junto a tí, cada vez más quieta en mis tribulaciones. Los problemas comienzan a hacerse tolerables y cuando les quitas el glaceado emocional te das cuenta de que son meras estupideces (y de que, por ende, la gente es idiota). Cuando me abrazas me siento como si fuera otra persona, cuando gruñes para jugar conmigo, cuando QUIERES estar conmigo, en desmedro de todos los demás (quienes sean), me hacen pensar en nuestra complicidad única y maravillosa, en ese vínculo que únicamente se fortalece.
Hace unos días (no muchos ni demasiado pocos... los suficientes como para macerarlos y contártelos) me descubrí a mí misma en medio del inacabable universo de los rumores (los malintencionados, no los "que linda te ves!"). Y quedé sorprendida por muchas muchas cosas (y extrañamente motivada).
La gracia de los rumores es que te pintan como un animal mitológico de extraordinarias características, capaz de las mayores atrocidades. Lo sabrás a su debido tiempo, tal vez hasta de mi propia boca. Al principio me llené de rabia y también de asombro, luego quise tenerlos a todos delante de mí y aclarar uno a uno los puntos de los que se me acusaba, pero luego pensé en el tenor y la calidad de las acusaciones, porque me sentí también muy sola y desilucionada (cuando dices "si piensas eso de mí es que realmente eres idiota"). Y me dí cuenta de que todas y cada una de esas historias eran un escape para la incompetencia de quien las emite. De repente y había olvidado lo fácil que es ser blanco de comentarios y lo poco fiables que son las personas (ya sea para bien o para mal, no olvides nunca que un buen gesto puede dejar la misma cagada que un plan largamente tramado). Y decidí que estaba bien. Decidí que todo eso sea cierto. Por primera vez en mucho tiempo (o tal vez en toda mi vida), decidí que no me importa. Recordé las palabras de la Marcela y me hice el propósito de entender, junté las piezas y ahí estaba: radiante esa sensación de miseria culposa, la frase repetida una y otra vez que, de ser cierta, no necesitaría ser sacada de la boca. Y vi lo estúpido que era todo eso. Y lo necesario que es a la vez.
Luego, dándole una vuelta un poco más entruncada, decidí que yo también estaba viendo las cosas de la manera que me acomodara más (o sea, dejándolos a todos semidesnudos de escudos y con esa naturaleza mongoloide totalmente expuesta), así que por eso, si alguien no asumía alguna cosa, por muy falsa que fuera, los niños seguirían siendo niños, las frases de autoconvencimiento seguirían embriagando la moral maltratada y la falta total de lealtad (digo, la que está despojada de un beneficio, por muy tonto que sea). Y apareció todo tan claro que hasta creo que me asusté.
Y prendí la tele.


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