El sordo ve lo que quiere oir.-
Había una vez un pueblito pequeño, oculto del ajetreo de las grandes capitales. Un lugar muy bello y tranquilo, con un silencio apacible confundido por la calma y un cielo nocturno lleno de estrellas desnudas de contaminación. Era un lugar olvidado en el mapa por su antigüedad y sin ambición de grandes progresos. Reinaban el orden y la paz, y tenía tan pocos habitantes que todos se conocían y se ayudaban entre ellos. Pero en un mundo como este ¿Cómo es posible un lugar así? Estaba escondido entre las montañas, que lo protegían del resto del tiempo y las amarguras del mundo. ¿Y sus habitantes? Hombres y mujeres con tres cosas en común: Viejos, sordos y, por estar solos, increíblemente necios.
Así era el Pueblito del Correcto Silencio. Y todos eran muy felices.
Sin embargo, como todo pueblo perfecto, un buen día sintieron que el aburrimiento los mataba y, en lugar de entrar en guerra, decidieron buscar un espectáculo que los entretuviera.
Enviaron mensajes a sus hijos, que vivían en las grandes ciudades, y a todo visitante de paso. A las dos semanas llegó un proyector de películas mudas, pero eso no los sorprendió: estaban demasiado viejos para leer los subtítulos.
Fue entonces cuando encontraron el aviso de un bailarín de Tap: "Inunde sus ojos con sonidos". Y les encantó la idea, así que le escribieron de inmediato, pasando por alto incluso sus altos honorarios.
Cuando el hombre llegó estaba sorprendido: no todos los días tienes que hacer música para toda esa gente porfiada, pero dinero es dinero, así que tomó el trabajo.
El día de la función el pequeño anfiteatro del pueblo estaba copado de toda clase de sordos: sordos de nacimiento, sordos por enfermedad, sordos por accidente y sordos por principios. Todos ahí vestidos para la ocasión, esperando el espectáculo con impaciencia.
El hombre se subió al escenario y los miró fijamente. Llevaba zapatos muy parecidos al los de Tap, estaba vestido de frac, así que parecía un triste pingüino. Comenzó a moverse frenético por todos lados, saltando de arriba a abajo, golpeando incluso con las manos el suelo y las paredes del escenario. Todos lo miraban estupefactos y, veinte minutos después, el hombre se detuvo, volvió a su posición incial al centro del escenario e hizo una reverencia para despedirse.
El lugar estalló en aplausos.
El único niño del pueblo, se levantó y salió del lugar. Afuera estaba un hombre ordenando las cosas del fraudulento bailarín.
-Él no baila.
-Eso todo el mundo lo sabe.
Moraleja? ... no sé, me perdí a la mitad del cuento xD!
Felices 10 meses en el mundo, Antonia trotadora :D!!
Así era el Pueblito del Correcto Silencio. Y todos eran muy felices.
Sin embargo, como todo pueblo perfecto, un buen día sintieron que el aburrimiento los mataba y, en lugar de entrar en guerra, decidieron buscar un espectáculo que los entretuviera.
Enviaron mensajes a sus hijos, que vivían en las grandes ciudades, y a todo visitante de paso. A las dos semanas llegó un proyector de películas mudas, pero eso no los sorprendió: estaban demasiado viejos para leer los subtítulos.
Fue entonces cuando encontraron el aviso de un bailarín de Tap: "Inunde sus ojos con sonidos". Y les encantó la idea, así que le escribieron de inmediato, pasando por alto incluso sus altos honorarios.
Cuando el hombre llegó estaba sorprendido: no todos los días tienes que hacer música para toda esa gente porfiada, pero dinero es dinero, así que tomó el trabajo.
El día de la función el pequeño anfiteatro del pueblo estaba copado de toda clase de sordos: sordos de nacimiento, sordos por enfermedad, sordos por accidente y sordos por principios. Todos ahí vestidos para la ocasión, esperando el espectáculo con impaciencia.
El hombre se subió al escenario y los miró fijamente. Llevaba zapatos muy parecidos al los de Tap, estaba vestido de frac, así que parecía un triste pingüino. Comenzó a moverse frenético por todos lados, saltando de arriba a abajo, golpeando incluso con las manos el suelo y las paredes del escenario. Todos lo miraban estupefactos y, veinte minutos después, el hombre se detuvo, volvió a su posición incial al centro del escenario e hizo una reverencia para despedirse.
El lugar estalló en aplausos.
El único niño del pueblo, se levantó y salió del lugar. Afuera estaba un hombre ordenando las cosas del fraudulento bailarín.
-Él no baila.
-Eso todo el mundo lo sabe.
Moraleja? ... no sé, me perdí a la mitad del cuento xD!
Felices 10 meses en el mundo, Antonia trotadora :D!!


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